Embotada tras un sueño agitado, Clarice Starling, en bata y zapatillas, con la toalla echada al hombro, aguardaba turno para entrar en el cuarto de baño que ella y Mapp compartían con las alumnas de la habitación contigua. Las noticias de Memphis que oyó por la radio la dejaron helada y sin aliento.
—¡Dios mío! —exclamó—. ¡Dios mío! ¡EH, AHÍ DENTRO! ¡ESTE CUARTO DE BAÑO QUEDA REQUISADO! ¡SALGA INMEDIATAMENTE CON LAS BRAGAS PUESTAS! ¡NO SE TRATA DE UN EJERCICIO DE PRÁCTICAS! —Y se metió en la ducha desplazando a una sobresaltada vecina—. Apártate, Gracie, y hazme el favor de pasarme el jabón.
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